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Vivo con tres hombres. Y a veces me siento sola

08 October 2026·Equipo PAUSA
Vivo con tres hombres. Y a veces me siento sola

Soy Patricia. Vivo con tres hombres. Y a veces me siento sola.

Tengo 51 años, un marido, dos hijos adolescentes de 15 y 17 años y un perro. Macho, por supuesto. En esta casa hasta el perro es hombre.

Siempre digo que vivo en un camarín de fútbol. Zapatillas tiradas, vasos por todas partes, olor a adolescente y tres personas que pueden mirar el refrigerador lleno y preguntarme qué hay para comer.

Me río. Siempre me he reído de estas cosas.

Mis hijos son buenos cabros. Los adoro. Pero últimamente siento que hablamos idiomas distintos. Les pregunto cómo les fue y me dicen «bien». Qué hicieron, «nada». Con quién salieron, «con amigos». Si insisto un poco, soy intensa. Si les digo que ordenen, soy latera. Y si me enojo, estoy insoportable.

Mi marido es un buen hombre. Llevamos más de veinte años juntos. Pero tiene una capacidad impresionante para no ver lo que hay que hacer. A veces pienso que si dejo una toalla tirada en el suelo, puede pasar una semana y él seguirá caminando por encima.

Antes todo esto me daba mucha risa.

Ahora, no siempre.

No sé bien qué me pasa. Hay noches en que duermo pésimo. Me despierto a las cuatro de la mañana pensando en cualquier estupidez. Ando con calor, después con frío. Se me olvidan palabras. Me irritan ruidos que antes ni escuchaba.

Y en esta casa todo es motivo de talla.

—Mamá, estás loca.
—Mamá, qué exagerada.
—Mamá, relájate.

Y yo me río, porque tampoco quiero convertirme en esa señora que se amarga por todo.

Pero el otro día estábamos comiendo y le pedí por tercera vez a uno de mis hijos que dejara el teléfono. Me contestó:

—Mamá, qué pesada estás últimamente.

No sé por qué, pero esa frase me dolió.

No grité. No hice un escándalo. Seguí comiendo.

Lo que me habría gustado decirle es que yo tampoco entiendo mucho lo que me está pasando. Que hay días en que me siento estupenda y otros en que no me aguanto ni yo. Que estoy tratando de acostumbrarme a un cuerpo que parece tener vida propia.

Pero, ¿cómo le explico eso a un cabro de 17 años que apenas me mira cuando le hablo?

Esa noche me fui a acostar temprano.

Desde la pieza escuchaba las risas, la televisión, al perro ladrando y a mi marido preguntando dónde estaba el control remoto.

Y pensé algo que me dio un poco de vergüenza reconocer.

Me siento sola.

No siempre. No dramáticamente. No es que quiera irme de mi casa ni que haya dejado de quererlos.

Es una soledad rara. La de estar rodeada de gente que te quiere, pero que no tiene idea de lo que te pasa.

Y quizás yo tampoco he sabido contarlo.

Mañana seguramente volveré a reírme de las zapatillas, del refrigerador y de vivir con tres hombres que no encuentran nada.

Pero me gustaría que, alguna vez, en vez de preguntarme qué hay para comer, alguno me preguntara cómo estoy.

Y se quedara a escuchar la respuesta.

Patricia, 51 años.

¿A alguna de ustedes le pasa algo parecido? Porque a veces basta saber que no somos las únicas.

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