Tengo 44 años y quiero contar esto sin dar mi nombre.
Cuando pienso en lo que busco, aparece una palabra: tranquilidad.
Mis emociones tienen altos y bajos. Hay alegría, pero también miedo, tristeza, culpa, rabia y confusión. A veces cuesta reconocer qué me pasa entre tantas cosas que siento.
El abandono es una de las experiencias que me duelen. Al preguntarme qué podría ayudarme, vuelvo a algo muy sencillo de decir, aunque no siempre sea fácil hacer: sincerarme. Hablar desde lo profundo.
Mi mejor amiga ha sido una persona importante para compartir lo que me pasa. Pero también necesito escucharme yo. Prestar atención a esa parte de mí, a mi parte mujer, que quiero volver a conectar.
He descubierto que soy resiliente. Eso es algo que reconozco en mí, incluso en medio de los cambios emocionales y de las preguntas que todavía tengo.
Hoy siento la necesidad de repensarlo todo. No tengo una respuesta para cada cosa. Sí tengo algo que quisiera decirme, y quizás también decirle a otra mujer que esté pasando por algo parecido:
No tengas miedo. Habla.
Historia compartida de forma anónima con PAUSA.

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