Me di cuenta de que pedía perdón por todo. Por ocupar espacio en una reunión. Por tener una opinión distinta. Por necesitar tiempo para mí. Por estar cansada. Por no estar disponible las 24 horas.
El punto de inflexión fue una frase que le dije a mi hija de 16 años: «Perdona que esté tan cansada.» Ella me miró y me dijo: «Mamá, ¿por qué pides perdón por eso?»
No supe qué responder. Y esa pregunta me cambió.
